La historia detrás de Voxi.
- Simone García

- hace 6 días
- 3 Min. de lectura
Actualizado: hace 5 días
En abril de 2025 cogí un avión y me fui a Algeciras.
Tuve el placer de visitar un centro de atención temprana infantil. Psicólogos, logopedas, terapeutas ocupacionales. Niños con autismo, con discapacidad intelectual, con trastornos del lenguaje. Tienen algo que me dijeron que no existe en ningún otro sitio de España: un aula de terapia intensiva donde trabajan con los niños en cosas que parecen pequeñas y no lo son: aprender a vestirse, a comer, a controlar esfínteres. Autonomía real. Me había hablado del sitio muchas veces y quería verlo con mis propios ojos.

Lo que me contaron antes de entrar
Cuando llegué, lo primero que hice fue quedarme un rato hablando con las logopedas. Y lo que me contaron me dejó parada.
No me hablaron de los niños. Me hablaron de los padres.
De cómo llegan a las sesiones con el mismo agotamiento de siempre. De cómo asisten, anotan, asienten... Y cómo la semana siguiente todo sigue igual en casa. De familias que malabarean trabajo, hermanos, médicos, colegios, burocracia, y al final del día no les queda nada. Ni tiempo, ni energía, ni cabeza para aprender un sistema nuevo.
Y entonces me hablaron de una niña no verbal. Llevaban cinco años trabajando con ella. Cinco años. Cada semana trabajaban con ella con una app que usaban en terapia para que ella aprendiera a comunicarse. Ese día, antes de entrar a la sesión, sus padres se habían asomado a preguntar cómo se llamaba la app. Nunca se la habían descargado.
Cinco años.
Me quedé pensando en esa familia. En cómo sería llegar a casa después de un día larguísimo con una niña que no puede decirte lo que necesita. Sintiéndote perdida. Y con una app que alguien te ha recomendado mil veces pero que cada vez que piensas en abrirla se te hace un mundo.
El aula
Luego me llevaron al aula.
Tres profesionales: una logopeda, una psicóloga, una terapeuta ocupacional. Con cinco niños. Cada uno con sus necesidades, su ritmo, su mundo. Tres personas dándolo todo para estar en cinco sitios a la vez.
El día anterior, una de las niñas había intentado comunicar algo. Nadie sabía qué. Las tres profesionales pararon lo que estaban haciendo e intentaron entenderla; leerle la mente, buscar en la app, navegar por los menús mientras ella esperaba y se frustraba. Cuando por fin llegaron al botón correcto, ya era tarde. La niña ya se había hecho pis.
Así que ese día, cuando yo estaba allí, las tres andaban pendientes de ella. Atentas a cualquier señal. En cuanto veían algo raro, corrían a la tablet a buscar el botón del baño antes de que volviera a pasar.
Les pregunté por la tablet.
La pantalla estaba rota. Desde el primer día que la trajeron al aula. Un berrinche de uno de los niños y ya estaba. La usaban igual, con la pantalla rajada, porque no había otra.
¿Y en casa?
Me quedé en silencio.
Si aquí, con tres profesionales volcadas completamente en cinco niños, la herramienta no llega a tiempo, ¿Qué pasa en casa? ¿Qué pasa cuando solo está un padre agotado después de un día de trabajo? ¿Qué pasa cuando no hay nadie que corra a buscar nada, que recuerde cómo se llamaba la app, que sepa navegar hasta el botón correcto a tiempo?
En el avión de vuelta
No podía dejar de pensar en eso.
No en el sistema. En algo mucho más concreto: ¿por qué no existe algo que la niña pueda usar sola? No una tablet. No una app con veinte menús. Algo físico, simple, que esté siempre encima de ella. Que cuando quiera decir que necesita ir al baño solo tenga que pulsar un botón. Sin que nadie tenga que correr. Sin que sus padres tengan que descargarse nada. Sin que se rompa con el primer berrinche.
Y que para que eso funcione de verdad, tiene que ser algo que ella sienta suyo. Algo que no rechace. Algo que quiera llevar encima, que quiera tocar, que se convierta en parte de su día como un peluche o un juguete favorito.
Aterricé, llegué a casa y se lo conté a mi socio.
Y de esa conversación nació Voxi.


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